Fotolatura 1

La despachadora, se acercó a la camioneta y le dijo al conductor.
— ¿Qué haces aquí? Te dije que no quería volver a verte.
— Lleno, señorita por favor — contestó él, lacónicamente.
Ella con molestia, pero teniendo que cumplir con su trabajo, fue hacia el surtidor y encontró esta imagen que la dejó paralizada.
– Perdóname Julia. Vuelve a casa.
La chica volteó, lo abrazó y ambos se besaron mientras otra empleada del lugar me preguntaba con lágrimas en los ojos — ¿Roja o verde joven?

(Foto y texto: Grajeda)

RECALCULANDO

— En trescientos metros, gire a la derecha en Paseo del Porvenir.

— ¿Para qué me meto por allá? Eso sería regresar, hoy no hay más porvenir para nosotros.

Gerardo se tallaba los ojos mientras respondía a la robótica voz que, desde su celular, le intentaba indicar el camino más seguro. Tan solo por la similitud de voz había decidido llamarla Alexa. Aunque ya conociera el camino hacia donde se dirigiera, le gustaba activarla, así sentía que lo acompañaba en cada trayecto que hacía, y que, siendo el mismo ente cibernético, lo seguía acompañando en casa para ponerle música, contarle un chiste o dictarle una receta.

— Recalculando, en quinientos metros, da vuelta en U, después gire a la izquierda en Paseo del Porvenir.

— No chingues Alexa, te acabo de decir que no tenemos ya nada que hacer por ahí —siguió diciendo, mientras entornaba los ojos tratando de que el Sol, que se levantaba a esa hora frente a él, no lo encandilara demasiado.

Cada que sus emociones se disparaban hacia el enojo o la ansiedad olvidaba cosas importantes, por esa razón había salido del departamento sin anteojos y teniendo el sol de frente, su astigmatismo convertía un simple paseo en auto en un reto visual de alto riesgo. Ya alguna vez se había subido a un camellón debido a que la incandescencia no le permitió notar que el carril se terminaba y si esta vez no ponía suficiente atención, podía volverle a ocurrir.

— A ver pues, ¿para dónde nos vamos entonces? Y ya dime bien porque no veo casi ni madres.

— En doscientos metros, da vuelta en U. Debes regresar a casa de Erika por los lentes.

— Chingado, ya vas a empezar otra vez. No pienso regresar ahí —dijo ahora con la voz entrecortada y comenzando a tallarse los ojos con más fuerza debido a las lágrimas que comenzaron a brotar.

— Recalculando. Solo debes ir a recoger tus lentes y listo, así que, en cien metros, cuando pasemos este semáforo, da vuelta en U, fájate los pantaloncitos y regresa por tus lentes, ¿O quieres que se los quede igual que tu sudadera de Quebec?

— No, no quiero que se los quede igual que la pinche sudadera, pero esta vez no es lo mismo. Son unos lentes sin chiste, en la casa tengo otro par.

— Lo dudo mucho, según está registrado, te has estado alejando mucho la Kindle para leer, eso significa que no tienes muy a la mano tus lentes, de seguro ya perdiste el par que tenías en la sala para leer y te da hueva levantarte a buscar tu único par así que si hoy no te dejas de berrinchitos vas a perder tu segundo par, por lo tanto, déjate de pendejadas y da vuelta en U. Ahora avanza tarado, porque ya se puso en verde.

Gerardo no supo si habían sido las últimas palabras de su copiloto, o los claxonazos de los vehículos que traía tras de sí, pero de inmediato apretó el acelerador para avanzar, sin embargo, decidió que estaba harto de que una pinche vocecita programada le dijera qué rumbo debía tomar su vida, suficientes voces de mujeres le habían ya dirigido sus pasos y hoy eso iba a terminar. Siguió de frente sin decir hacía donde iba pero tampoco apagó la aplicación, como en un acto de pueril rebeldía.

Por un instante se sintió bien, pensando que había recuperado el timón de su vida.

— Recalculando, en doscientos metros, da vuelta en U. Déjate de estupideces Gerardo, ve de una buena vez por esos anteojos, ya después haz lo que te de tu pinche gana, pero viendo claro lo que tienes frente a ti —le decía ahora una enfadada e imperativa voz.

— Uy, ya pareces más coach de Tik tok que copiloto pinche Alexita.

— Y ¿Eso es lo que te preocupa? ¿Piensas que quiero decirte cómo vivir tu miserable vida? Yo solo quiero evitarnos otro accidente, como la vez que trepaste la llanta al camellón y estuviste a punto de atropellar al niño de la bicicleta. Esa vez sí que te vi llorar, lo de ahorita no es nada, es igual que lo de Sandra, o lo de Liliana. Estás llorando porque te volvieron a mandar a la zona-de-ya-ni-sexo-tendremos, pero ni es la primera, ni será la última vez que te pasa si no te pones ya las pilas, y dejas de estar llevando a tu casa en la primera cita a todas las chavas que conoces para pedirme que toque «Música dub en Spotify» nomás para cachondeártelas, y todo para que cuando se vayan, me pides que te ponga a Luis Miguel o Sin Bandera o cualquier otra pinche cursilería porque el señorito ya se enculó con una noche de dub y sexo.

— Aaaaaaah, o sea que sí eres la misma Alexa, ¡Eh!

— Wey, neta es lo único que te quedó de todo lo que dije. ¿Sabes qué?, igual están a punto de acabársete los datos, pinche pobre, así que ahí te ves, yo me desconecto aquí mismo y haz lo que te de tu gana.

— No, espérate. Ya dime.

— …

— Alexa, está bien, ya voy por los lentes, pero no me dejes de hablar, me da freak manejar en silencio y el estéreo no jala.

— …

Gerardo orilló de inmediato su auto con un volantazo, provocando que la camioneta que traía tras él casi lo impactara por detrás, pero alcanzó a esquivarlo de último momento emitiéndole como castigo una mentada de madre con el claxon. Él no lo notó su mente estaba concentrada en otra cosa.

Levantó el teléfono que se encontraba en el asiento del copiloto, abrochado con el cinturón de seguridad y lo revisó para comprar datos extras.

— Por favor — le dijo al teléfono con vergüenza y casi en un susurro—, llévame a casa de Erika por mis lentes.

— En doscientos metros, da vuelta en U, después métete por Porvenir y de aquí en adelante, nada de gimoteos hasta que regresemos a casa y puedas poner la playlist que armaste para chillar a gusto.

Clara y Franco

Créditos de la imagen no encontrada

— Clara

 — ¿Qué pasó, Franco?

— ¿Qué hora es?

— No me preguntes la hora. Siempre me preguntas «qué hora es» cuando quieres irte.

— No, no es eso. Aunque quizá sí sería prudente que no estuviera aquí cuando llegaran los invitados a tu fiesta. Dudo mucho que a tus padres les guste saber que ando entre la gente mientras presumen que su hija acaba de cumplir 18 años. Siempre he pensado que les da pena saber de mi presencia.

— Eso no debería importarte. Con que sigas a mi lado es suficiente, a menos claro, que tú decidas ya no estar conmigo.

— Ni lo pienses, Clara. Yo me voy a ir de tu vida cuando tú decidas.

Clara dio una honda calada a su vaper, retuvo la respiración unos instantes y después llenó su habitación con una densa voluta olor vainilla, le encantaba ese aroma.

Trajo a su memoria sus días de infancia con su abuelo, quien siempre pasaba por ella al kínder y camino a casa la llevaba a comerse un helado de vainilla.

— ¿Quieres un poco? —dijo extendiendo el cigarro electrónico a Franco.

— No. Y pienso que tú tampoco deberías usarlo. No te hace bien.

— Ash, ni empieces. Esto me ayuda a estar calmada, además me encanta sentir este sabor en mi boca. Creo que después de ti, es mi sabor favorito de toda la vida.

Dejó de comer helados al morir su abuelo, poco antes de cumplir 5 años. Desde entonces había buscado algún sabor que los reemplazara y no encontró nada que la dejara realmente tan satisfecha como el vapor sabor vainilla que, además duraba un rato en su boca aún después de exhalarlo, creando una sensación ilusoria de saciedad y permanencia.

— Franco, ¿Por qué me quieres?

— Porque tú quieres que te quiera. Porque siempre lo has querido. Desde la primera vez que nos vimos y jugamos juntos, en tu fiesta de 5 años, ¿Recuerdas?

— Imposible olvidarlo. Nunca te había visto, y de pronto ahí estabas junto a mí en el columpio de al lado. Fuiste el único que se atrevió a acercarse. Creo que todos temían contagiarse de la vibra que traía por la muerte de mi abuelito, pero tú no.

— Hasta ahora nunca he temido a ninguna de tus vibras. Si quieres reír reímos, si quieres romper algo lo hacemos pedazos, si quieres hacer el amor nos fundimos, si quieres llorar nos acabamos la caja de Kleenex. Desde que estoy contigo he sentido una gran necesidad de cuidarte.

Las palabras de Franco erizaron la piel de Clara. Era algo que le decía muy a menudo, pero a ella le gustaba seguirlo escuchando. Él era la única persona con la que le gustaba hablar. Le gustaba hacer que se escabullera a su cuarto, a su cama, a su vida, siempre ocultándolo de sus padres quienes creían que no era una amistad adecuada. Podría meterse en serios problemas si ellos se enteraban de que lo seguía viendo.

Ya en algún momento, en los días en que comenzó a escaparse de la escuela para irse al cine con él, o cuando llegaba tarde a casa por ir a besarse a escondidas en algún parque a la salida de la secundaria, sus padres los habían descubierto en la cama de ella, abrazados bajo las sábanas, y habían intentado separarlos.

Después de eso duraron un par de años sin verse, mientras los papás de la chica, montaron una celosa guardia alrededor de ella para que no pudieran estar juntos, pero con el tiempo, esa guardia comenzó a hacerse débil así que Clara y Franco aprovecharon para reencontrarse de vez en cuando.

— Si te pidiera que te quedaras en mi fiesta ¿Lo harías?

— Sabes que no podría negarme. Sería divertido ver la cara de tus padres al enterarse que estoy contigo, y más ahora que ya eres mayor de edad, creo que sería más difícil que nos pudieran separar.

— ¿Quién sabe? Conociendo a mi padre, haría lo imposible por encerrarme.

— ¿En un convento?

— Hasta en un manicomio.

— Creo que en ninguno de los dos lados podría evitar que te viera. Siempre hay maneras.

Clara se abrazó a Franco con fuerza y ambos se besaron profundamente. Aprovechando que aún estaban desnudos, ella comenzó a frotar su sexo contra él, primero tenuemente pero, conforme iban pasando los minutos y sentía cada vez más la ebullición de su celo, comenzó a hacer más intenso su movimiento, abriendo las piernas para recibir a Franco completamente y echándose boca arriba para poder sentir la presión de su cuerpo sobre su vientre.

Estaba tan concentrada en su encuentro, que no escuchó los débiles toquidos en la puerta, y nada pudo hacer antes de que su madre, usando su llave, entrara de súbito en la habitación.

— ¡Clara! ¿¡Qué demonios estás haciendo!?

— ¡Mamá! ¿Qué te pasa?, ¿Por qué entras así a mi cuarto? ¡No tienes derecho! —gritaba al tiempo que echaba hacia un lado el almohadón que segundos antes tenía sobre ella — ¡Lárgate de aquí! ¡Vete!

— ¡A mí no me hables en ese tono jovencita! Y además, fumando. Nosotros preocupados por festejarte tu mayoría de edad, por hacerte ver como una chica normal, y te encuentro haciendo porquerías con la almohada y fumando descaradamente en mi casa. Nunca se te quitó lo loca, y nunca se te va a quitar.

— ¡Que te largues, mamá! ¡Vete! —siguió gritando Clara mientras caminaba hacia la puerta para echar a su madre.

Ante la desafiante desnudez de su hija, que venía hacia ella sin ningún pudor ni calma, la madre aún aturdida dio unos pasos para atrás, tapándose ridículamente los ojos, y Clara aprovechó el gesto para echarla fuera y cerrar de nuevo la puerta, poniendo además una silla atrancada.

« ¡TOC, TOC, TOC!»

— ¡Abre esa puerta jovencita! ¡Raúl, tu hija ya volvió a encerrarse! ¡Ven a ayudarme!

« ¡TOC, TOC, TOC! »

— ¡Que me abras!

Clara se recostó de nuevo en su cama. Dio otra calada honda a su vaper y volteó para soltar todo el vapor en la cara de Franco que ni siquiera se inmutó.

— Franco

— ¿Qué pasó, Clara?

— ¿Qué hora es?

Nieve y Molochete

Blanca vanidad

Aquel 1997, la noche del 13 de diciembre comenzó alrededor de las 9:00 de la mañana, y terminó la madrugada del 14, así de largo fue el día que se quedó congelado en nuestra memoria, de manera metafórica y casi literal.

Era una fecha de por sí importante, teníamos boletos para el esperado Molochete, un festival que juntaba a dos de las bandas que más sonaban en ese momento en la escena rock y Hip hop del país. Sin embargo, varias horas antes de que ese espectáculo comenzara, la naturaleza nos regalaba otro que era casi imposible de este lado del mundo, nevaba sobre Guadalajara.

Estoy seguro de que, como era mi costumbre, me había acostado tarde la noche anterior, quizá viendo televisión, oyendo música, buscando algo de incipiente pornografía en el proto internet que teníamos en casa, y que solo podíamos usar cuando ya todos se habían ido a dormir y estábamos seguros de que el teléfono no se utilizaría más, y es que, en ese entonces, usaban ambas cosas la misma línea.

Y pues ahí estaba yo, en mi apacible y cálido sueño matutino, que fue interrumpido por los gritos de mi madre, que me llamaba por mi nombre insistentemente. Uno sabe reconocer los gritos de mamá, incluso desde antes de nacer y estos sonaban a algo importante, así que, desde mi cubil, respondí con cavernosa voz a su llamado, preguntando qué necesitaba, y ella me respondió eufóricamente, amorosamente, maternalmente, «¡Que vengas pendejo, está nevando!»

Y sí que lo estaba, solo que mientras yo ya estaba imaginándome haciendo bolas de nieve para aventarle a mis hermanos, lo que en realidad encontré fue algo mucho menor, parecía como si se estuviera quemando algo a unas cuadras y la ceniza nos estuviera llegando por el viento. Aun así, sabía que esta situación no sería pasada a la ligera por la memorabilia jalisquilla, así que al igual que mis vecinos, nos tomamos algunas fotos que, lamentablemente serían veladas por un mal manejo del rollo en la tienda de revelado, semanas después, perdiendo también recuerdos de aquella Navidad en familia, pero dándonos charla para varios días e incluso semanas.

No faltó incluso, quien hizo compras apresuradas de ropa para clima nevado, sintiendo que La perla de Occidente se convertiría en la nueva Aspen, pero no. Después de aquella vez, no hemos vuelto a ver copos de nieve adornar nuestro vanidoso geocentrismo tapatío.

El que no brinque el que no salte es…

A Molotov lo conocí en abril de ese año, o al menos eso creí. Fue una vez que, pendejeando por el Tianguis cultural, que aún se ponía afuera del Templo del Carmen, antes de que los vecinos y el cura se quejaran del olor a mota y a orines, vi un casete, obviamente pirata, que son los que me podía costear, donde las piernas de una colegiala mostraban las pantaletas a medio bajar y el título del disco «¿Dónde jugarán las niñas?», en franca burla al famoso disco de Maná, me invitaron a gastar mis 10 pesitos para llevármelo a casa.

Debo aceptar que, aunque lo compré por la portada, ya escuchándolo, la mayoría de las canciones me dieron un buen madrazo de adrenalina y buena vibra, a pesar de que tiraban más bien mucho hate. Era una mezcla de rock duro y rap que no era muy común escuchar en el «Rock en tu idioma» (o sea, mi idioma pues), con letras desmadrosas y ritmos super pegajosos. Era genial poder gritar a todo volumen un «¡Chinga tu madre!» o un «¡Que no te haga bruto ese puto!». Incluso, me di cuenta que yo ya había escuchado al grupo un mes atrás, en el festival Camaleón en la Concha acústica, pero me habían pasado desapercibidos, cuando les tocó salir al escenario a las 3 de la tarde y nosotros apenas calentábamos motores, para ver a Víctimas del doctor Cerebro y a Todos tus muertos.

Ese año, antes del mentado Molochete, tuve chance de volverlos a ver en el Roxy en Noviembre, cuando dieron no recuerdo si 2 o 3 conciertos, todos llenos, y en donde Alex González, baterista de Maná, se subió con ellos a tocar justamente «Puto», así que en nuestra euforia adolescente y creyéndonos muy malotes por tirarle shit a su grupo, nos desgañitamos gritándole el título de la canción, lo que en realidad lo puso de muy buen humor, e hizo que a mí terminara cayéndome bien por alivianado… aunque su grupo me reviente las pelotas.

Haaaaaaarto estoooooy

Control Machete no es como que me ocasionaran una gran emoción. Me gustaba escuchar su disco «Mucho barato», y sentirme muy gangsta con canciones como «Comprendes Méndez» o «Mexican curios», pero siempre me parecieron una mala copia de Cypress Hill. Incluso me costó trabajo creer que en octubre del 97 le abrieran un concierto al mismísimo Bowie en el DF, pero me dio risa cuando en MTV Latino le preguntaban al apodado «Camaleón», ¿qué opinaba de ellos? y lacónico respondió, «Recién los escuché en el avión, suenan bien», «Ey, ajá», pensaba yo, avión el que le dio a los conductores.

Pero sin mucho que decir, e imaginando que eran unos cuates super rudos de Monterrey, igual se me hizo chido verlos en paquete con Molotov, sería un concierto épico y así se anunciaba, acompañados además por Plastilina Mosh y otras bandas que ni recuerdo…

Las manos frías y la cerveza caliente

Recuerdo que el festival se llevó a cabo en el estacionamiento de tráileres, o patio de maniobras, o bodega al aire libre, o algo así, de una cervecería famosa, que fue adaptada para ese evento, en realidad creo que no ha habido otro concierto como tal ahí. Íbamos una bandita de 6, entre primos, hermanos y amigos, todos además viviendo en el barrio, por lo que decidimos irnos juntos en camión, a pesar de que mi carnal, «El George» tenía auto, pero como no sabíamos cómo estaría la cosa para la estacionada, decidimos «para más comodidad» no arriesgarle, pendejo que es uno a esa edad pues.

Llegamos sin mayor bronca en transporte urbano, y nos bajamos donde comenzamos a ver gente formada, sin saber que, aunque sí era la cola para entrar, estábamos a muchas cuadras de la entrada e hicimos una fila de fácilmente hora y media (algo que repetí varios años después con Soda y luego con Deftones, pero eso es otra historia). Lo bueno es que estaba entre cuates, y podíamos cotorrear a gusto, pero siempre corría el riesgo de que iniciara el concierto sin que hubiéramos entrado aún.

De hecho, el festival sí inició, y a los dos primeros grupos los oímos desde la calle, no sé si estuvo chido o no porque no se entendía nada, era puro zumbido el que nos llegaba, pero yo deseaba que estuviera muy chingón para que les pidieran más canciones y alcanzáramos a entrar con los estelares. Creo que nadie imaginó realmente la convocatoria que, ese par de grupos que acababan de empezar, tendrían en la descarriada juventud de finales de siglo.

Es posible que hayamos entrado cuando ya tocaba Plastilina Mosh, o no, la verdad, ni siquiera importa, lo que sí es importante es que en cuanto entramos, nos fuimos de filo a formar para conseguir unas cervezas, y compramos un vaso de un litro para cada uno, solo para descubrir que, los organizadores, lindos y conscientes del frío que estaba haciendo, sirvieron la cerveza tibiecita, no fuera a ser que nos enfermáramos de la garganta, supongo, cosa que por cierto, poco le importó a Huidobro, quien arriba del escenario y con un frío de la chingada, se quitó la playera dejándonos claro que la belleza física le importaba un huevo. Hasta que alguien se apiadó de él y le aventó un brassiere que, aunque le quedaba muy justo, de seguro le alivianaría un poco el aire helado.

Ya bien entonados, con Molotov bailamos, gritamos, hicimos slam y la pasamos chingón. Recuerdo que yo solo veía a mi hermano y mi primo pasar de unas manos a otras en todo lo alto del público con cara de satisfacción, mientras los demás degustábamos un té de cebada espumoso que nos mareaba lo suficiente para irnos olvidando del frío del cuerpo, mientras que aventarnos el consabido, «¡Viva México Cabrones!», nos calentaba las ganas de más y más desmadre.

El concierto lo cerró Control Machete, y la verdad, de no ser por los efluvios internos que traíamos, creo que me habría sentado sin broncas a oírlos. Me pareció bastante de flojera ver a los dos vocalistas ir de un lado a otro del escenario caminando y medio dando brincoteos mientras cantaban muy bofeados, las canciones que en disco sonaban mejor para mi gusto. Por fortuna, al final los dos grupos hicieron un jam con «Humanos mexicanos», que nos dejó a todos con la suficiente emoción como para salir a la calle creyendo que la noche había llegado a su fin de manera satisfactoria.

Craso y supino error.

Pi pi pi ¡Pinche frío!

¿Cuántas personas habrán asistido al concierto?, la verdad, no tengo ni idea. Lo cierto, es que una gran cantidad de ellos, necesitarían un taxi.

Pero claro, nosotros éramos muy listos, y ya habíamos pensado en eso, por lo que, en lugar de quedarnos ahí a esperar, decidimos caminar por Vallarta para alejarnos del lugar, imaginando que todos se quedaran a esperar transporte en las puertas del concierto. Pero, estoy casi seguro de que alguien nos escuchó, o alguno de los miembros de nuestro pequeño grupo filtró el dato, y que a chingos de personas les pareció una estupenda idea, por lo que de pronto, vimos a ríos de personas que comenzaron a llenar esa gran arteria de la ciudad, alejándose del sitio donde minutos antes «todos estábamos hermanados», esperando encontrar taxis vacíos antes que los demás, y claro que los había, pero la tarifa que te soltaban los choferes, era de hasta el triple de lo que se cobraba en día normal.

En ese momento me habría encantado encontrarme con mi padre, a quien casi no veía y también era taxista, estoy seguro de que él, al menos me habría cobrado el doble y no el triple.

Tengo la sensación de que caminamos alrededor de 2 horas, sin contar una estúpida parada, en un VIPS de lo que ahora es Plaza Galerías, dizque para quitarnos el frío con chocolate caliente, sin pensar en que el choque térmico al salir, sería aún peor, y de que además saldríamos de ahí con un séptimo elemento que, quién sabe cómo chingados se nos pegó, como si nos conociera de toda la vida, cuando lo más seguro es que alguno de nosotros le hubiera hecho charla mientras orinábamos en el restaurante y cual perrito de la calle, decidió que ya éramos todos amigos.

La cosa es que nuestro agregado, fue el que apalabró un taxi, cuando íbamos llegando ya a los Arcos Vallarta. Un carro para siete, de madrugada, hoy en día sería imposible, pero ese día, gracias a la labia de nuestro nuevo camarada, se convirtió en una cálida realidad que, nos permitió menguar el pinche frío que nos quemaba nuestro frágil cutis tapatío, que hasta ese entonces no estaba acostumbrado a cambios de clima tan drásticos.

Por cortesía, permitimos que llevaran a nuestro querido nuevo amigo a su casa primero, total, ya íbamos en camino, daba lo mismo.

Entramos por unas calles bastante malempedradas e iniluminadas y al llegar a la esquina de Sepalachingada con Quiensabedóndecarajos, le dijo al taxista que se detuviera, dio las gracias, se bajó y desapareció entre callejones a los cuales, incluso con la luz del Sol, me habría dado desconfianza entrar. Todos nos quedamos viendo con rostro confundido y nuestro chofer particular lo notó porque de inmediato espetó, «Su amigo me dijo que ustedes pagarían, así que, ¿Pa’ dónde jalo?»

UNA ESPECIE DE GUIÑO A LA ORTOREXIA

“Vida solo hay una, tallas hay muchas”, “Vinimos a este mundo a ser felices, no flacos”, “Mejor gordo que dé risa, y no flaco que dé lástima”. Dichos, refranes, bromas, nunca faltó con qué justificar.

Lo cierto es que, casi todo el tiempo, fui un niño gordo, hasta que entré en la secundaria y dejé de serlo, para convertirme entonces en un puberto gordo, que después dio paso a un adolescente gordo, y así me la fui llevando hasta llegar a ser un adulto, ya bien embarcado en la crisis de la middle age, evidentemente gordo.

Nunca me aficioné al alcohol o a las drogas. Sin darme baños de pureza, podría decir que tuve guiños experimentales sumamente pasajeros y meramente recreativos con una de ellas, y que me sobran dedos de una mano para contar las veces que perdí la consciencia por una borrachera, pero eso sí, desde los 8 años de edad, mis 10 taquitos con una coca, resultaban una cuota imperdonable y casi ritual de cada semana, así como mis colaciones vespertinas de frituras de harinas o papas fritas, o mis copiosas cenas diarias. Podría decir directamente que yo he sido un foodjunkie.

Si me pongo a hacer memoria, creo que mi subida de peso, coincidió en tiempos, con la separación y divorcio de mis padres, y por supuesto que no me quiero poner a aventar estúpidamente culpas para todos lados, pero definitivamente hubo un descontrol, al menos en esa parte de mi vida. Por lo demás, el segundo y a veces primer lugar en aprovechamiento académico de toda la escuela, cuadro de honor, coro, ballet folclórico, orador oficial de todos los festivales, ganador de algunos concursos cuento infantil. Definitivamente el niño que siempre estaba a la vista de todos los demás, y debido a mis dimensiones corporales que iba ganando (hasta en eso ganaba), cada vez se podría decir que aún más a la vista.

Cuando eres un niño gordo, no tienes muchas opciones de arquetipos para representar. Puedes ser el chamaco tímido medio menso que sigue a algún bravucón, o el chamaco bravucón que se hace seguir por un puño de tímidos medio mensos, o el chiquillo chistoso que se luce contando chistes y mostrando su hambre casi todo el tiempo o el escuincle nerd con un pequeño toque de imprudente e irreverente que en realidad lo hace más por sabelotodo que por mala leche. Yo era de estos últimos.

Por supuesto que, al ser un niño “modelo” (qué paradójico resulta el término en contraste con la otra acepción de esa palabra) recibía mucha atención, pero era sobre todo de los adultos que estaban al pendiente de mis logros. Por parte de la mayoría de mis contemporáneos, con intereses en deportes o vagancias que implicaban poder salir huyendo rápidamente o darse de chingadazos con otros chicos o montar aparatos con ruedas, que nunca logré dominar, había más bien una especie de rechazo, o al menos yo sentía, un rechazo muy grande, que incrementaba mi necesidad de aprobación que parecía no tener saciedad, ni emocional, ni física.

Con el tiempo, bastaría con reforzar el autoestima, para lograr que ese tipo de detalles parecieran perder importancia. Asegurarse de creer que el físico no importa, que lo realmente importante es lo de adentro y no la apariencia, incrementar la confianza basado en las capacidades intelectuales y no las físicas, convertirse en un pequeño higadito que no se preocupara por cómo se veía, mientras que, el otro higadito, se iba llenando de grasa poco a poco y ese sí que realmente no se veía.

Llegando a los años de la adolescencia, tuve algunos breves guiños con los gimnasios, o las dietas que, por momentos me ayudaban a bajar de peso, pero de inmediato, la motivación se diluía en salsas de torta ahogada o en burbujeantes coca colas que se llevaban todo lo obtenido, en menos tiempo del que había costado lograr esos cambios, así que llegué a reafirmar que sería más importante fortalecer el carácter que el cuerpo. Justificaciones nunca faltaron.

¿Apodos? Los que se les ocurran, Bolita, Tortu, Buda o un largo etcétera. Muchos de ellos nunca pegaron porque simplemente no les hacía caso. Bien decía Cortázar que, si querías que algo fuera tuyo, lo nombraras, y yo no iba a dar permiso de ser de nadie, si no me parecía suficientemente original para poner apodos. Así que por ese lado no hubo mucho que pudieran hacer.

¿Bromas? Me las sé casi todas, y a todas respondía con risas o denigrándome yo aún más, a niveles lastimeros tan profundos y suicidas, que un emo se habría sentido incómodo a mi lado, por lo que, ya no sé di debido a la lástima o al respeto, la gente dejaba de intentar joderme por ese lado.

¿Inseguridades? Jamás. Al menos no públicas. Ciertamente podía pasar mucho tiempo en casa poniéndome y quitándome ropa, mentándome la madre y sintiendo desprecio de mi propio cuerpo por no estar cómodo dentro de él, incluso pensando más de una vez en hacerle daño, mucho daño, pero en cuanto salía no mostraba un ápice de eso, con la voz, la mirada, el porte, ocultaba la verdadera emoción. No podía permitir que se notara eso que vivía estando solo conmigo mismo, el carácter fortalecido hacia afuera, aunque por dentro realmente no. El vacío que no encontraba saciedad.

Francamente, no había nada que, al parecer, pudiera parar esa sensación de que no pasaba nada, por encimita cuando menos, porque muy en el fondo de mí, quizá escondido por debajo de muchas capas adiposas o moviéndose aletargadamente entre torrentes cargados de colesterol, algo parecía decirme que no todo iba muy bien en realidad.

Debí de haberlo notado con esas visitas a la enfermería, que se volvieron una constante entre abril y mayo, cuando el calor comenzaba a subir y mi cabeza punzaba en las sienes como si quisiera estallar, mientras la mirada se me ponía ligeramente borrosa. En esos momentos, me tomaban la presión y, por supuesto, salía con niveles bastante altos, por lo que me permitían volver a casa con la consigna de ir a revisarme, lo que me obligaba a pasar de regreso a casa, a visitar alguna sucursal donde alguna botarga vestida de médico, que alguna vez quiso ser presidente, estuviera saludando niños y retando adolescentes a bailar, solo para recibir algunas dosis de Losartán que me aliviaran durante algunos días, con la muy ligera recomendación de que cuidara mi peso.

Me tomaba las pastillas unos cuantos días, solo para después continuar aquello que yo llamaba, mi vida normal, hasta que al siguiente año me ocurría lo mismo, y yo, como buen estadista, o haciéndome pendejo, le echaba la culpa al calor.

Otra señal inequívoca, debió haber sido la vez que, tras dormir en un colchón inflable que tenía una pequeña fuga, amanecí con un dolor de espalda que me obligaba a caminar como si le hubiera ayudado al Pípila a cargar su loza varios kilómetros, hasta quemar cada puerta de cada maldita alhóndiga de Guanajuato. En ese entonces, una semana después de comenzar a sentir el dolor, y tras recurrir a un huesero, una farmacia de doctor botargo y hasta a una masajista que intentó curarme prendiendo unos inciensos y haciendo unos rezos bastante extraños, mientras me ponía la punta de su índice derecho en mi lumbar y la punta de su pulgar izquierdo en la coronilla, sin lograr obviamente más que una divertida anécdota que en otro momento narraré a detalle, terminé al final buscando un ortopedista de verdad.

Después de radiografías, estudios de sangre, orina y una resonancia electromagnética en la que apenas cupe en el cilindro, el doctor determinó hernia de disco, ocasionada, sí, adivinaron, por el peso excesivo que mi columna cargaba.

Medicina para el dolor, y rehabilitación, me permitieron tener de nuevo movilidad adecuada y llevar mi vida más o menos normal sin necesidad de cirugía, pero la consigna era clara, “Señor, tiene que bajar de peso”.

Comenzaba ya a escucharlo de voz de médicos, pero algo dentro de mí, mi instinto de conservación, (conservación de la estupidez, por supuesto) me seguía diciendo, que no, que aún estaba todo en orden, que no había necesidad de preocuparme todavía.

Es difícil darse cuenta de que algo está mal, cuando una situación es tratada de manera pasivo agresiva por la sociedad. Cuando, por un lado, es motivo de bromas, de burlas, de “carrilla sana”, pero inmediatamente después, se viene el “no te agüites”, “todo es broma”, “el físico no es lo más importante”, y entonces la incapacidad de sentirse saciado, se junta con los dobles mensajes y las ganas de verse o sentirse mejor.

Llegó, sin embargo, el día en que un nanoscópico bicho proveniente de una sopa de murciélago mal cocinada, viajó desde el otro lado del mundo, y en poco tiempo, puso en jaque a todo el planeta, amenazando con matar, principalmente a viejitos y a gordos. Al principio, yo pensaba, que no había bronca, yo no estaba viejito. Ya cuando se me pasó la pendejez y me entró el sentido común, me di cuenta de que estaba en la mira de los asesinos.

Al menos eso es lo que se decía, que debido a mis adicciones alimentarias, mi sistema inmunológico estaba comprometido, que, si me llegaba a contagiar del Covicho, debido a mis proporciones, me sería más difícil respirar, y encima, se aderezaba toda esta información con imágenes de gordos, conectados a respiradores, con sus abultados vientres subiendo y bajando penosamente para intentar insuflar un poco más de vida en sus dueños, que como yo, cuidaban la esencia más que la apariencia, y a veces ni eso.

Y, ¿sí sería cierto?, ¿No sería ahora una conspiración gordofóbica y viejitofóbica para asustarnos y obligarnos a bajar de peso? De verdad que un cerebro terco y engreído es la cosa más pendeja y peligrosa que existe.

Lo real es que, me mandaron llamar en el trabajo, preguntándome cómo iba con mi situación de la presión, tomando en cuenta que algunos años atrás había asistido a que me la tomaran ahí con resultados fuera de lo normal, “ah, verdad pinshi gordito. Ya te cacharon” pensaba mi yo racional. Y pues sí, de manera casi imperativa, el siguiente paso era hacerse un chequeo, lo cual me llevó al médico, al internista, al primer tipo que de frente y sin sobaditas de lomo me tiró tres verdadazos que en ese momento eran más que necesarios.

Es difícil olvidar la expresión de los ojos del doctor, que por encima del cubrebocas recorrieron los resultados de mis estudios solo para ponerlos sobre su escritorio mientras decía volteándome a ver.

– Esto es una mentada de madre, amigo.

– ¿De plano, doctor? ¿Están muy mal? Porque yo no me he sentido mal

– Ah, no. No se preocupe. Sígale, así como va, quizá un año y medio o dos más para que tenga su primer pre infarto y ahora sí, ya véngase con malestares, por favor.

Como buen amante del sarcasmo que soy, valoré mucho su ácida y puntual opinión, y me dejé conducir por él, modificando mis hábitos de alimentación.

No pan. Y me vale, la verdad es que nunca he sido demasiado fan de las cosas dulces, ni de panecillos o cosas del estilo, salvo las roscas de reyes, o panes de muerto, pero estábamos muy lejos de ellas. Aunque había pasado por alto que las tortas ahogadas y los Sándwiches se hacían con pan, ¡Chingadamadre!

No tortillas. ¡Los tacos! Ni hablar, venga, puedo y lo haré, no pasé tantos pinches años entrenando una actitud de morro mamón, para ahora venir a decir que no puedo.

No harinas, ni siquiera pastas o frituras. ¡No mame, doctor! Mejor ya máteme.

No refrescos. Sí bueno, eso ya lo imaginaba, ni modo, pinche coca, me encanta, pero pues sabía que ese romance no duraría toda la vida.

No azucares. Cero broncas, tampoco soy tan fan.

Que no me quite el café, que no me quite el café, que no me quite el café.

– ¿Café?, Claro que no, hombre. Tome todo el café que quiera. Siempre que no sea soluble ni le añada azúcar o leche, ni que fuera yo un monstruo para quitarle eso.

¡Bien!, Una victoria al menos.

La dieta se empieza en el mercado y en el super, eso lo he aprendido de hace algunos meses para acá. Siempre me ha gustado cocinar, viví 7 años solo y aprendí a hacerlo sin poner pretextos, pero ahora, he aprendido a comer más cosas verdes, a sazonar de formas más creativas, a ver pasar el pan, la pasta y las tortillas respondiendo a cada ofrecimiento con un “no como eso, gracias”, aunque me vean con cara de incredulidad.

Y después de más de 30 kilos, o menos de 30 kilos, mejor dicho, me veo ahora haciendo lo que alguna vez consideré más mamón, leyendo etiquetas, contando almendras, masticando hasta llegar al corazón de la manzana verde, porque la roja tiene más fructosa, agradeciendo los horribles sellos negros que tienen los productos en su empaque, y haciéndome más selfies que adolescente en baño de escuela, solo para reafirmar que ese soy yo, que sí estoy cambiando, que sí me gusta lo que veo, que mi salud está estable y mis laboratoriales lo garantizan, y que, aunque la saciedad no se ha calmado por completo, ahora trato de llenar el vacío con cosas diferentes, muchas de ellas incluso imaginarias.

Si en una de esas, comienzo a dar dentelladas a mi cordura y termino devorándola toda, por favor no olviden ir a visitarme alguna vez, pero no lleven nada para regalarme, a menos de que sea low fat, sugar free, gluten free, low carb, healthy food, fit bite, eco friendly, light, bio nature

CANSINO ROYALE

La fila era bastante larga, pero avanzaba rápido. Le emocionaba estar ahí formado, esperando para poder entrar a recibir su dosis de anticuerpos contra el virus en turno. Una fila para entrar a un recinto, como en los viejos tiempos.

La emoción tenía que ver con el recuerdo de aquellas largas hileras que llegó a hacer para entrar a tantos conciertos que ahora parecían más parte de un libro de historia que una realidad. Pensó que, en caso de tener hijos, nunca le iban a creer que antes la gente de verdad se aglomeraba en espacios de miles de personas, que se empujaban, se golpeaban, se escupían y compartían todo tipo de fluidos y exhalaciones, solo por el gusto de estar reunidos, de escuchar algún grupo musical que, a veces, ni sabía en qué ciudad estaba tocando.

Lejanos aquellos días en que, estando en medio de tanta gente, llegó a recibir un porro y sin importarle si había sido previamente esterilizado, o si quien se lo había pasado se había puesto gel antibacterial o si la tos del anterior fumador se debía a la raspada del humo o por algún virus invasor. En aquellos días simplemente recibía el churro de la paz, le daba sus respetuosas dos o tres caladas y dejaba que siguiera rolando, para que todos compartieran el mismo viaje, y las mismas bacterias. A veces, incluso sucedía el mismo ritual con alguna cerveza o botella de agua, si el calor estaba muy cabrón.

Estaba seguro de que, en un futuro, nadie creería ese tipo de historias.

Tampoco creerían que al entrar a un concierto, alguien te pasaba las manos por encima, que te daban una buena manoseada, asegurándose de que no trajeran armas, o hebillas muy grandes que se pudieran usar para lastimar a los demás, o que metieran botellas de cerveza o algo que estuviera tácitamente prohibido, como las mencionadas drogas, que, por supuesto, siempre entraban de alguna manera u otra, generalmente escondidas en lugares donde las manos de los elementos de seguridad no podían explorar, lo cual hacía que su higiene fuera aún más cuestionable, al menos en estos pandémicos tiempos.

La fila comenzaba a avanzar, y de pronto volvió a recordar que esta vez no estaba ahí para entrar a un Hard Rock, Foro Sol o Roxy, esta vez estaba ahí para recibir un piquete en el brazo que metiera en su cuerpo, una posible solución al bicho invasor que tenía más de un año siendo el tema principal de cada día.

Como maestro que era, tuvo la oportunidad de vacunarse antes que muchos de su edad, pero al mismo tiempo, se sentía como si fuera un conejillo de indias que, de manera voluntaria, había ido a prestar su cuerpo para un experimento científico.

¿Y si los conspiracionistas tenían razón?, ¿Y si todo era parte de un truco para volver a todos zombies, para controlarlos mediante una nanotecnología? No, qué pendejada, ¿por qué comenzar con los maestros? En todo caso abrían comenzado por narcos o pandilleros, zombies que pudieran usarse para ganar guerras o invadir poblaciones, aunque tomando en cuenta cómo se ponían algunas manifestaciones de los maestros la verdad es que sí había varios que podrían servir para armar una buena revolución. Lo malo es que la gente como él, solo serviría como carne de cañón aun siendo maestro de Educación física, ya que eso no garantizaba que tuviera buena condición. De hecho, no la tenía desde hacía mucho tiempo.

Notó que estaba pensando puras tonterías, mientras la fila seguía avanzando. Quizá se debía a que no había desayunado. Su cita era a las 10:30 y aunque quiso comer antes de ir a vacunarse, su mamá le dijo que no, que qué tal si se mareaba y vomitaba lo que hubiera comido, que recordara cómo se ponía muy mal con las inyecciones, que le daban mucho miedo las agujas, y que eso lo pondría muy nervioso. ¿Por qué no habían hecho la vacuna en gotitas como la de la polio? 

Comenzó a recordar cuando era niño y les avisaban que irían a vacunarlos a la escuela, como nunca sabía si tocarían inyecciones o gotas, una noche antes, generalmente no podía dormir, o tenía pesadillas. Su mamá, que lo conocía mejor que nadie, lo convenció de no desayunar aquella mañana, aunque ahora comenzaba a marearse, ya era muy tarde para no traer ni un «chocomil» en la panza.

En medio de su mareo, notó que una chica volteaba hacia él y sonreía, quién sabe desde qué momento le estaría viendo. Se percató de que la joven susurraba algo hacia otra chica con la que iba y ambas se reían un poco al verlo, lo más discretas que podían. 

Intentó sonreírle pensando que ya había ligado, pero recordó que traía cubrebocas, así que trató de que sus ojos mostraran una expresión lo más parecido a una sonrisa. De nuevo era como en los viejos tiempos, cuando ligaba junto con sus amigos en la fila de algún concierto y al rato, si no se apendejaban, salían hasta con chava de la tocada. Pero ahora iba solo, y generalmente él era de los que sí se apendejaban, así que no sabía cómo terminaría aquello.

Tomando la determinación de no apocarse, pensó que de cualquier manera intentaría ligar, así que sacó su celular, puso la cámara frontal para ver si estaba bien peinado o medianamente arreglado y recordó. Aquella mañana, había olvidado tomar un cubrebocas al salir de prisa, y lo único que encontró en la camioneta que su mamá le prestó para ir a la vacuna, fue un paquete de los que ella hacía para vender, y que debían entregarse aquella misma tarde. Así que ahí estaba, con un cubrebocas infantil que apenas le tapaba lo esencial, luciendo además un estampado de unicornios rosas.

Las risitas tímidas de las mozuelas, se convirtieron en carcajadas y su ilusión de ligue se convirtió en vergüenza atroz.

La fila seguía avanzando, estaba ya cerca de entrar. No era una mañana calurosa, pero comenzaba a sudar profusamente y sabía perfectamente que era por los nervios.

— Jaime Lazo Pérez, 38 años. ¿Es correcto?

— Sí señorita, ese soy yo.

— ¿Ha tenido algún síntoma como fiebre alta, mareos, vómitos, tos seca o diarrea?

Estuvo a punto de decirle que, justo en ese momento iba a suceder todo aquello a la vez, pero bien sabía que, en realidad, era por el temor a las agujas y no por el bicho.

— No señorita, mi madre y yo nos hemos cuidado muy bien el último año.

— Sí, bueno. ¡Siguiente!

Jaime, pasó a un espacio lleno de sillas, acomodadas en filas separadas convenientemente para guardar la sana distancia, donde un grupo de enfermeras y voluntarios, recitaban una serie de instrucciones y recomendaciones, tanto para ese momento, como para los días posteriores. 

— Recuerden que no deben beber alcohol por 10 días, no deben exponerse a contagios con personas sospechosas, no deben meterse a nadar si acaban de comer, no deben tener pensamientos impuros…

El mareo era cada vez más fuerte, ya ni siquiera estaba seguro de lo que escuchaba y de lo que su mente inventaba, pensó en que debió haberse tomado un Dramamine.

Un sonido metálico, anunció que, el carrito que transportaba las vacunas, inició su avance, era algo parecido a los que llevan las azafatas en los aviones, aquellos que van por en medio de los pasillos dándote bebidas o comida, solo que, en esta ocasión, lo que repartían era un piquete en el brazo, y la promesa de que, con eso, el bicho mortal que tanto temía la humanidad el último año, no te iba a matar, si es que tu cuerpo respondía correctamente, claro está.

— Descúbrase el brazo maestro por favor.

— ¿¡Qué!?, ¿¡Quién!?, ¿Cómo sabe que soy maestro?

— Ehm, esta es la campaña de vacunación de maestros.

— Ah, sí, perdón, señorita. ¿Cuál brazo?

— El que quiera, y no se preocupe. Va a estar bien. ¿A poco está nervioso?

— Sí, es la primera vez que me ponen esta vacuna.

— Ah, no me diga. Mire aquellos de allá, ellos sí que se ven nerviosos, ya los vio.

— ¿Cuáles? No los veo. ¡Ouch!

— Ándele, ya vio. Ni era para tanto, ¿A poco le dolió?

— ¡Jeje! ¡No!, ¿A poco ya la puso?, Eso mismo me hace mi mamá cada que me va a inyectar, me distrae y luego ¡Zaz!, el piquetazo. Es usted muy linda señorita. ¡Gracias!

— ¡Ey, ey! Sin abrazos. Sana distancia.

— Ups, sí, perdón.

Diez minutos después, Jaime, junto con otras personas, se enfilaba hacia afuera, sintiéndose distinto, como si algo hubiera crecido dentro de él. Casi pudo escuchar una voz diciendo en su cabeza «La base de datos de virus, ha sido actualizada» pero, sabía que eso era imposible.

Ahora, venía lo más importante. Entró a un local, se sentó en una mesa y, mientras esperaba a que le sirvieran los tacos que pidió para desayunar, intentó ponerse una cuchara en el brazo. Era momento de comprobar otra de las teorías que, en las redes sociales, había leído acerca de las dichosas vacunas.

Gato de la Guardia (Parte 1)

Control

1995, yo tenía 16 y desde un par de años atrás, había trabajado como cargador de instrumentos y bocinas para un grupo de música versátil, asistiendo a bodas, XV años y demás fiestas de gente que ni siquiera conocía, pero de quienes durante 5 horas me volvía parte de sus vidas, sobre todo en el momento de entrar con ellos a la pista en el punto más alto del bailongo, para entregar, pompones, globos, antifaces o latas con semillas a modo de sonajas, pero de esto hablaré en otro momento.

1995, con 16 años inicié mi paso laboral por el mundo de la Seguridad en eventos; conciertos, fiestas privadas e incluso un museo.

Recuerdo haber llevado en ese entonces el cabello hasta los hombros, lo cual, siendo un supuesto acto de rebeldía adolescente, me hacía ver paradójicamente más viejo. Esto me ayudó cuando me entrevistaron para el trabajo de segurata pues cuando preguntaron mi edad, dije con seguridad que tenía 19 y sin pedirme documento alguno, me aceptaron. Probablemente también influía que mi padrastro fuera amigo de uno de los gerentes de la empresa, pero qué más da, estaría en los conciertos más importantes de la ciudad ganando además dinero, sonaba al trabajo de ensueño para un muchacho que disfrutaba de la música en vivo.

Claro que nadie me avisó que, en ese trabajo, la música se “disfruta” de una forma muy diferente, y que mientras uno como público siempre desea que el espectáculo se alargue lo más posible, como obrero al cuidado del entretenimiento, lo que más anhelas es el final de todo el desmadre en el que estás envuelto.

El primer concierto en el que trabajé, fue una presentación de Cuca en la Concha acústica del Parque Agua Azul en Guadalajara. En los años 90, este sitio fue emblemático para la presentación de distintos conciertos de rock, yo había asistido a varios ahí y esta vez estaría trabajando en uno de ellos. Ese mismo día, había dos eventos más que serían cubiertos por la empresa en la que estaba iniciando, uno de ellos, era una fiesta privada en un Colegio importante de la ciudad, el otro, era un concierto del grupo Magneto, un quinteto de jóvenes como muchos más que ha habido, pero que en ese entonces gozaban de su punto más alto.

Recuerdo que nos citaron a todos los que trabajábamos en esa empresa en un sitio muy grande, para ahí distribuirnos en las diferentes actividades que necesitaban cubrirse. Te iban llamando de uno en uno, y como una especie de sombrero seleccionador, te decían a dónde te enviarían. Yo estaba nervioso, definitivamente no quería ir a un concierto de Magneto y aunque me daba igual si me enviaban a la otra fiesta, anhelaba estar en un concierto de Cuca que en ese entonces me gustaba bastante, y a quienes ya había visto en vivo un par de veces.

Y así fue, ¡me tocó el concierto en la Concha acústica!

En ese mismo momento nos entregaron nuestros uniformes, una playera con un gato estampado en todo el frente que emitía una especie de rayo o luz o algo así de los ojos, alguna vez alguien me mencionó que era un logotipo pirateado de una compañía de energía alemana, pero nunca lo supe a ciencia cierta.

Fuimos citados para llegar varias, muchas horas antes del concierto, y se nos pidió pantalón cómodo y de preferencia botas en caso de tenerlas. Estando ya en el lugar, se nos asignó el lugar donde trabajaríamos, mi primera posición sería en el ingreso cateando a los asistentes al entrar, el encargado de coordinarnos, un sujeto muy amable apodado “El Flota”, muy bajito y barrigón, con un tatuaje de telaraña en una mano y el cabello al estilo de metalero de los años 80, largo de atrás y levantado del frente. Después volví a ver a “El Flota” en televisión alguna vez, resulta que era referee de lucha libre.

Lo primero que el señor Don Flota me dijo fue, espero que te guste hacer sentadillas, porque aquí vas a hacer como mil. No entendí muy bien lo que me quiso decir hasta que nos explicó la técnica para catear gente al ingreso.

La forma de trabajo era la siguiente, nos ponían a los hombres de un lado y a las mujeres del otro, había un filtro justo a la entrada que se encargaba de recibir los boletos y distribuir a la gente para un lado u otro, dependiendo de si eran hombres o mujeres para ser revisados, una vez que tenías a la persona, le pedías que se pusiera de espaldas a ti, le pedías que pusiera las manos en la nuca y comenzabas a tantear sus muñecas (si traía manga larga, luego los antebrazo, brazos y hombros, para seguir con su torso y después bajar por sus piernas hasta llegar a los tobillos (ahora que lo escribo, suena a una especie de relato erótico, pero ciertamente no tenía nada de eso), en ese momento era donde hacías la sentadilla. Luego te levantabas y sujetabas su hebilla del cinturón por el frente dando un par de sacudidas hacia arriba para ver si tenía algo ascondido en los pantalones que cayera durante la sacudida. Una vez hecho esto, procedía a revisarles las gorras, mochilas, guantes o cosas extra que trajeran, en busca de drogas o instrumentos con los cuales pudieran alterar el orden.

Teníamos cajas de plástico a los lados donde poníamos hebillas grandes, pulseras o collares con estoperoles filosos o grandes, latas de aerosol o botellas de vidrio. Generalmente la promesa era que al final podrían regresar por sus cosas, pero no todo mundo las reclamaba en realidad.

El trabajo era medianamente entretenido, si es que tenías autismo, por ejemplo. La forma de revisión era rutinaria y en realidad no había demasiada ciencia en lo que hacías, ciertamente fue el día que más sentadillas había hecho en mi vida, y era poco lo que en realidad podías encontrar, lo más divertido sucedía cuando llegaba algún chistoso y durante la revisión te decían cosas como “UY, al menos invítame un café por la manoseada”, o “Búscale bien que por ahí traigo un filero”, ante lo cual no quedaba más que seguir haciéndoles Poker face para no meterte en broncas, cuando en realidad habrías querido contestarles cosas como “Tu jefa ni café pidió”, o “Eso no llega ni a puntilla”, pero omitías ese instinto de defensa ante el albur.

El concierto de ese día tenía dos grupos abridores, el primero si mal no recuerdo era Guillotina, aunque podría equivocarme, el segundo eran los Garigoles. Al terminar el primer grupo, se mencionó que necesitaban apoyo en el “Front stage”, que quienes tuvieran oportunidad mandaran a la gente que estuviera menos ocupada. Nuestra posición ya estaba un poco calmada, así que decidieron enviarme a mí a Front y debo decir que ahí las cosas subieron de intensidad.

Front stage, es básicamente el espacio que hay entre el escenario y el público, justo donde convives con aquellos más fanáticos que empujaron a medio mundo para llegar hasta adelante o que estaban formados al inicio de la fila para entrar antes que los demás, es decir, teníamos a los más fans en esa posición, volviéndose locos cada que veían algún movimiento en el escenario.

El trabajo en ese lugar consistía en no permitir que nadie llegara al escenario, por lo cual, si alguien brincaba el barandal que se ponía para limitarles el paso, tenías que sujetarlos amablemente e irlo pasando de mano en mano hasta que lo acompañaran a regresar al área del público, también aquellos que estaban haciendo “diving” (término que se usa para  designar a personas que van de mano en mano “nadando” por encima de las cabezas de los asistentes), debían ser detenidos al llegar hasta el frente y bajados para acompañarlos de nuevo hacia el área de espectadores. Este trabajo se dificultaba cuando el sujeto no quería bajar y la misma gente lo aventaba hacia adelante, esa vez, por ejemplo, recuerdo haber recibido al menos dos patadas a la cara por tipos que se resistían a terminar su recorrido, aún cuando la gente ya no quería seguirlos cargando.

Estar al cuidado de un evento de este tipo, no necesariamente vuelve a la gente agradecida hacia tu trabajo, por lo cual no faltaron encendedorazos o vasos llenos de (espero) agua cayéndote directamente, aunque también se podía correr con la suerte de encontrar a personas que fueran amables contigo, como aquella linda chica que estaba agarrada al barandal para que nadie la quitara de ahí y entre el segundo grupo abridor y los estelares, me sacó plática y se portó sumamente coqueta conmigo, hasta que se enteró que yo no tenía acceso a los camerinos, lo cual la volvió hosca y grosera, sin embargo, de nuevo se convirtió en una dulce damisela cuando a media tocada comenzó a ser exprimida por la gente que empujaba hacia adelante volviéndola no más que un saquito de huesos y carne a punto de reventar. Ahí, yo personalmente la tomé de los hombros y la levanté para sacarla, pedí que le permitieran estar en el front diciendo que era prima mía, todos sabían que no era así pero su cara de asustada ayudó a que le dieran chance de quedarse, entonces su gratitud se volvió real.

Al finalizar el concierto, el saldo era de unas piernas muy adoloridas, dos patadas en la cara, un encendedorazo directo a la frente, algo de líquido de procedencia extraña que ya impregnaba mi ropa y mucha adrenalina. Con todo lo vivido, era obvio lo que iba a ocurrir después… volví varias veces más, y en muchas de ellas la cosa se ponía peor, pero eso será tema para posteriores relatos…

Gato cinéfilo (Parte 2)

cronos06

La primera vez que fui solo al cine tenía 15 años.

Hubo una ocasión anterior en que entré solo a una sala de cine, a los 13 años durante una salida cultural que hicimos en secundaria… sólo dos compañeros y yo… ok, ok, nos fuimos de pinta al cine, sin embargo como lo menciono, esa vez no fui propiamente solo. Lo que ocurrió fue que de los tres que no entramos a clases, dos quisieron entrar a ver una de las tantas de “Hellraiser”, mientras yo quería una película de espías con Robert Redford llamada “Sneakers”, totalmente olvidable en realidad.

La idea era que fuéramos al cine a ver qué encontrábamos para ver los tres, pero estando ahí se sometió a votación y ganó la película de los Cenobitas que yo en realidad no quería ver, así que hice golpe de estado, desconocí la votación y me fui a ver la otra película de espías yo solo. Terminando nos reencontramos en el lobby y regresamos a la escuela juntos, así que creo que no cuenta como la primera ida solo… ni la última “expedición cultural” que hice al cine en horario de clases… pero yo no tengo la culpa de haber estado secundaria, prepa y licenciatura en la tarde y que no hubiera matiné todos los días!

En fin… la primera vez que fui solo al cine tenía 15 años. Siempre fui muy aficionado al cine, viviendo cerca de dos salas cuando era niño iba al menos una vez cada dos semanas, siempre acompañado de mis padres o mi tía Tita, pero después era cada vez más difícil encontrar quién me llevara o acompañara y aunque veía mucho cine en casa pues cada semana rentaba al menos 3 videocasettes VHS, la experiencia de ir a la sala de cine era fascinante para mí.

Recuerdo que para ese entonces prácticamente ya no existían lugares con una sola sala de cine como antes, ahora estaban en boga los multicinemas y era interesante ir y ver qué había exhibido para poder escoger, formarte y esperar a que no se agotaran las entradas cuando estabas a media fila pues entonces tenías que revisar de nuevo la marquesina para tener opción B si de verdad querías entrar, o dar la media vuelta y esperar a la siguiente función o al siguiente día si tu intención era sólo una película en especial.

Lejos estaban los tiempos en que de manera muy moderna, los cines ponían una pantalla que iba indicando cuántos boletos quedaban para cada película, mientras ibas avanzando en la fila viendo cómo se agotaban los lugares para tu opción A, sintiendo que la cuenta regresiva era más de un explosivo que del cupo de la sala. Claro que el explosivo detonado en ese entonces era el de mi humor cuando ya no había localidades para mi primera opción.

Aquella vez cuando tenía aún 15 años, todavía anunciaban a gritos cuáles salas ya no tenían cupos. Un empleado del lugar se encargaba de comunicar las malas noticias cuando le indicaban y era en ese momento que veías caras de desilusión o molestia entre los asistentes. Tampoco existía todavía la opción de elegir tu asiento, así que una vez comprados tus boletos, debías correr a la fila de la sala para esperar el tiempo que fuera necesario antes de entrar, muchas veces corriendo de nuevo a tomar un buen sitio. Malo si ibas solo (como yo y casi nadie más) y además necesitabas ir al baño o comprar algo en la dulcería… creo que de ahí derivó mi manía por no comer en el cine, pues si hacía fila en dulcería no encontraría buen sitio para sentarme. Ahora que puedo elegir lugar, esa manía no existe más… “Mmmmh, deliciosos nachos” (diría Homero Simpson).

Siguiendo el relato, un domingo estando en casa decidí que me sentía muy aburrido y quería ir al cine, nadie en casa me quiso acompañar y quizá pensaron que desistiría de mi idea, pero se sorprendieron bastante en el momento en que dije, “Pues me voy solo”. La realidad es que desde secundaria yo ya viajaba largas distancias solo de la escuela a la casa (tomando incluso dos camiones a las 20:30 que salía de estudiar) y me sabía manejar más o menos bien por algunos tramos de la ciudad, así que sin mayor temor me fui al cine.

No sabía qué iría a ver pero igual fui… llegando al cine, vi que estaban expuestas 4 películas; “Entrevista con el vampiro”, “Frankenstein” con Robert De Niro, otra que ni recuerdo y “Cronos” de Guillermo del Toro (de quien yo no tenía ni Jota de idea). Mi primera opción fue la de los Vampiros fashion pues en ese entonces todo mundo hablaba de esa película, claro, salían los actores de moda y se trataba de vampiros, tema que por aquel entonces causaba mucho revuelo con una oleada de música y cultura goth que estaba muy fuerte en cierto sector (gracias en parte a lo que Burton estaba provocando con algunos de sus filmes y The Cure tenía ya rato haciendo con la música, que eran sólo de lo más comercial que había en medio de muchas otras manifestaciones florecientes en los 90). Mientras estaba en la eterna fila para comprar boletos, ¡zaz!, la voz del tipo que nos decía, “¡Ya no hay boletos para la sala 1!”, (no recuerdo si en esa sala estaba en realidad pero tampoco me pidan demasiada memoria).

Decidí no salirme de la fila, me dije que ya estaba ahí y que entraría a ver lo que fuera, así que mentalicé mi opción 2, “Frankenstein”. Robert de Niro era un actor a quien yo admiraba por “El Padrino 2”, “Érase una vez en América” y “Toro salvaje”, películas que había tenido oportunidad de ver en el canal cultural de la ciudad (ahora llamado C7), así que pensé que sería bueno ver su representación del famoso monstruo devuelto a la vida por un científico loco. Poco me duró el gusto pues aunque ya había avanzado algo, de nuevo el ahora odiado tipo, anunció que ya no había boletos para esa sala. Ni hablar, mucha gente se salió de la fila y eso nos permitió adelantar un poco.

Me quedaban dos películas. En el cartel de una de ellas se leía la mercadológica leyenda “Nuevo cine mexicano”, así que pensé que sería buena opción ver de qué trataba esa cinta de la que no tenía ni la más mínima idea. Y así fue, alcancé boletos para “Cronos”.

Entré a la sala después de otra larga fila y como iba solo, no me causaba el más mínimo escozor escabullirme entre los demás y adelantarme ante sus miradas reprobatorias hasta llegar a un sitio que me gustara, “En medio en medio” era una de mis frases más usadas en aquel entonces.

La película comenzaba con una especie de prólogo que dejaba ver a un sujeto colgado de cabeza desangrándose en una bandeja por lo que pensé que sería algo demasiado Gore, pero después se convirtió en una hermosa película de complicidad entre un anciano y su nieta para pasar más adelante a ser un thriller envolvente con muchos momentos de humor negro. Quedé sumamente fascinado.

Recuerdo que al salir del cine, lo primero que pensé fue “Yo quiero hacer cine, y seguir yendo al cine solo”. Hasta la fecha sólo uno de mis anhelos se ha vuelto realidad. Aunque alguna vez dirigí un par de vídeos escolares, pero de eso posiblemente escriba en otra ocasión, por el momento, puedo decir que paladeé el dulce sabor de asistir a una sala sin tener que preguntar a otros lo que quieren ver, ni esperar a que todos lleguen puntuales o que decidan que se quieren sentar muy adelante para no subir muchos escalones.

De verdad que ir a ver una película conmigo mismo, es hasta ahora uno de mis más grandes placeres.

Gato cinéfilo (Parte 1)

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La primera película que vi en el cine, fue Dumbo.

Tenía tres años y mi papá me llevó a uno de esos cines que en aquel entonces funcionaba con “Permanencia voluntaria”, lo cual significaba que podías entrar y salir a la hora que quisieras, aunque la película estuviera ya muy empezada o incluso por terminar.

Recuerdo que varias veces en mi infancia cuando íbamos a ver una película y llegábamos con algunos minutos de comenzada, nos quedábamos al inicio de la siguiente función para ver lo que nos habíamos perdido. Era bastante complejo pues mi padre era muy estricto en cuanto a salirse exactamente donde habíamos llegado, mientras que yo amaba quedarme a ver de nuevo la película lo más posible. Esa vez por ejemplo, cuando me llevaron a ver Dumbo, recuerdo haber visto la película al menos dos veces seguidas y aún llorar amargamente cuando me sacaron durante la tercera vez porque era justo en ese punto, cuando la madre del elefantito lo mece con su trompa a través de los barrotes de su jaula, en donde habíamos llegado en la primera vista que le dimos.

En aquel entonces como evidentemente no existían los celulares con lamparita, había algunas personas en los cines, llamadas acomodadores (por más doble sentido que suene), que se encargaban de buscarte asiento con una lamparita por una módica propina. Estaban a la entrada esperando la llegada de alguien y lo llevaban por toda la sala buscando espacios vacíos, así que también ocurría que de vez en cuando te tocaba algún lamparazo en la cara a media película, cortesía de los acomodadores que buscaban sitios para sus clientes. No dudo que más de alguna vez, esos mismos busca lugares, a propósito hayan lampareado a alguna pareja de esas que iban a todo menos a ver las películas, nomás por bajarles un poco el ímpetu.

Otra cosa interesante de algunos cines, era que proyectaban dos películas durante el día en una misma (y única) sala, que se iban repitiendo durante todo el día. La mayoría de las veces ponían un estreno más una película de relleno que no era nueva. Fue de esta manera que vi al menos 5 veces Gremlins y otras tantas Karate Kid en salas de cine al ir a ver estrenos como “La leyenda de Tarzán”, “Volver al futuro”, “He-Man”, o “Goonies”. En realidad yo más de una vez hice trampa con esto pues yo informaba a quienes me llevaran los horarios de las películas y como me encantaba estar en el cine, les decía las funciones al revés para poder ver dos películas y no sólo una, como habría ocurrido si sólo llegábamos a la nueva.

Y a propósito de consultar los horarios, era otra cosa que me encantaba. En todos los periódicos de la ciudad se publicaba, generalmente en la sección de deportes, la cartelera cinematográfica. Venían todos los cines que había en la ciudad (que tampoco es que fueran tantos) con una foto promocional de la película, la clasificación y los horarios en que se proyectaba. Así podías ver dónde había algo clasificación A a donde te dejaran entrar y enterarte de con qué película compartía sala, así como los horarios en que se presentaban. Generalmente las películas se exhibían a las 4:00, 6:00, 8:00 y 10:00 y como siempre quitaban los créditos finales, alcanzaba perfectamente para que todas las funciones se pasaran, aun tomando en cuenta que había intermedio a mitad de las funciones, este era un momento en que la proyección se detenía, se prendían las luces y la gente aprovechaba para ir al baño o a la dulcería sin perderse nada de lo que estuviera viendo.

Todo lo anterior daba un toque bastante interesante a una salida al cine, a llegar a ver si había boletos, a quedarte todo el día encerrado ahí si querías, a comer sándwiches y palomitas caseros que vendían sus dulcerías, a ver más de una cinta al día, a cambiarte de lugar durante las funciones si no te gustaba donde estabas, o si el acomodador te iluminaba abruptamente varias veces cuando estabas con alguien.

No por nada mi situación con el cine fue completo amor a primera vista, pues quedé maravillado al ver por primera vez un enorme pedazo de tela con imágenes, como las que veía en el televisor de mi casa pero ahora en gigante y a color. Fue por eso que no me quería salir de ahí, esa vez en que vi a un elefante bebé que se emborracha y terminaba trepado en un árbol junto a unos cuervos bulleadores. Fue también por eso que mi padre me tuvo que sacar a la fuerza de ahí. Y definitivamente, después de esa primera experiencia, amo cada vez que tengo oportunidad de entrar de nuevo en una sala de cine, pues he tenido todo tipo de experiencias ahí que pronto estaré relatando aquí en el cubil.

El gato rockanrollero (Parte 4)

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I wanna destroy bastard rappers. (Quiero destruir a los bastardos raperos).

“Migraña” fue el nombre que quedó para aquella primera banda en la que incursioné de manera formal tras un fallido intento por cantar covers de Nirvana (Véase “El gato rockanrollero, Parte 2”).

Elegir el nombre no fue sencillo pues la mitad de la banda quería uno y la otra mitad el que al final elegimos, sin embargo ya con un nombre pudimos comenzar a tocar en algunos bares de la ciudad acompañando a otros grupos de la escena underground. En realidad no es que fuera una escena con características similares, lo único que todos teníamos en común es que no nos conocían y tocábamos donde nos invitaran, incluso compartiendo algunos instrumentos o pedales.

Esto nos llevaba lo mismo a alternar con bandas de ska, punk, metal o cualquiera que tuviera que llenar su cartel con otros grupos que también iban iniciando. En aquellos días, por supuesto que los sitios donde nos presentábamos no nos pagaban ni para la gasolina del transporte en que viajábamos, a lo más que podíamos acceder era a un par de cervezas grátis, para los de la banda, y alguna entrada libre para una persona por integrante. Pero eso no era realmente importante, lo importante era subirnos al escenario y, bien o mal, poder interpretar aquello que habíamos ensayado puntualmente cada domingo que nos privábamos de salidas familiares, idas al cine o algunas reuniones pues nosotros lo que queríamos era tocar.

Así fuimos invitados por ejemplo a abrir algunas tocadas con foros prácticamente vacíos mientras iba poco a poco llegando la gente que era invitada por el grupo “estelar” (ja), o a fiestas organizadas en casas vacías donde lo importante era hacer ruido y emocionar a la gente con él, sin importar si se oía adecuadamente o no.

Hubo alguna ocasión, por ejemplo donde fuimos invitados a tocar en una fiesta y tras nuestra presentación el dueño pidió que nos saliéramos de la casa un rato porque había llegado una stripper que habían contratado entre algunos de los invitados y sólo quedaron dentro quienes habían cooperado para pagarle. Después de terminado, ese otro show, pudimos entrar de nuevo a la casa a seguir en el festejo, aunque esto no había dejado muy contentos a muchos de los que estaban afuera y hubo aquella vez quienes se desquitaron con lavabos o puertas de las alacenas de manera “accidental” dejando al dueño de la casa con un sabor de boca muy diferente al que de seguro había planeado quedarse al organizar su súper fiesta.

Pero entre todas las tocadas hubo una que me resulta muy significativa por muchas razones.

Un domingo por la tarde, fuimos invitados a tocar a un bar llamado Bikers. Era un lugar pequeño pero bien acondicionado, con mesas de billar en la planta alta y el escenario junto con las mesas en la parte baja. Ese día sentimos además un gran peso sobre nosotros pues alternaríamos ni más ni menos que con los músicos de un legendario (y difunto) rockero tapatío llamado “El Toncho Pilatos”. Ellos tocaban las canciones de cuando el Toncho aún vivía y era uno de esos grupos de los cuales desde niño escuchabas hablar junto con Fachada de Piedra o La Revolución de Emiliano Zapata, a ese nivel estaban. O eso nos decían. Yo jamás había escuchado su música, era más como para una generación anterior a la mía, pero sin duda era uno de esos grupos de culto.

Otra de las razones que para mí eran importantes es que yo había decidido dejar al grupo después de esa tocada, pero no se los había comentado.

Recuerdo que no me sentía lo suficientemente bueno para seguir, o algo así es lo que pensaba, y aunque de verdad me encantaba estar en una banda y poder subir al escenario, había algo que no me hacía sentir tan en forma como los demás. Así que durante una partida de billar jugada por los cuatro antes de salir a escena, les avisé que no seguiría con ellos, y aunque lo tomaron a bien, incluso pidiéndome que lo pensara calmadamente, yo me despedí de “Migraña” esa misma noche.

Como paréntesis breve, quiero mencionar que la tarde previa a ese concierto, yo tuve una cita con quien en ese momento era mi novia. Ella tenía una gran afición por patinar, así que me invitó a ir a una pista de patinaje a “divertirnos” antes de ir a la presentación. La verdad es que las cosas con ruedas nunca fueron lo mío, por esa razón jamás aprendí a montar una bicicleta o a manejar un patín del diablo y por supuesto que nunca me había puesto unos patines y aun así, lo hice y ya estando en la pista debo reconocer que parecía un personaje de película… Bambi.

No dejé de caerme a cada momento ante la mirada de niños y jóvenes que grácilmente pasaban a mi lado como si se deslizaran en el aire sin mayor complicación, mientras yo me aferraba a la barandilla esperando más terminar el espectáculo que aprender a patinar. Sobra decir que efectivamente fue una tarde divertida y sobra todavía más decir que no lo fue para los dos. El punto apoteósico fue cuando en una de mis cientos de caídas hice una especie de Split acompañado de un sonido desgarrador que de inmediato me hizo pensar… “¡Mi pantalón!”

No hubo tiempo para ir a casa a cambiarme. “Arreglé” la situación amarrándome un suéter a la cintura para que las mangas taparan el desgarre, me veía sumamente idiota con ese look.

Pero lo más memorable de aquella tocada aún estaba por llegar y es que al hacer la prueba de sonido, elegimos tocar “Anarchy in the UK” de Sex Pistols, canción que estaba permanentemente en nuestro repertorio, sin darnos cuenta de que una de las frases de este emblemático tema punk decía “I wanna destroy, bastard Biker” (“Quiero destruir a los bastardos bikers”)… ¿recuerdan el nombre del bar?…

Cuando terminamos el soundcheck, uno de los empleados del lugar se nos acercó y nos dijo, “Ey, noté que la canción dice algo de Bikers. ¿Qué dice exactamente?” justo ahí, sentí que mis piernas volvían a parecerse a las de Bambi y comencé por decirle… “Bueno, esta canción no la escribimos nosotros, es un cover, de una banda que eran muy agresivos y…” ante su mirada extrañada, tuvimos que decirle exactamente lo que la canción mencionaba y al ver sus ojos abrirse como platos le prometimos de inmediato que cambiaríamos la letra, lo cual no sólo nos solicitó, sino que casi nos ordenó.

Estuvimos un buen rato pensando qué podíamos decir en esa frase, hasta que se nos ocurrió una idea que no nos dejaba totalmente satisfechos, sobre todo a mi amigo George que había crecido en LA y a quien le encantaba el Hip hop y el rap, ritmos que por cierto estaban de nuevo tomando fuerza gracias a una fusión con el metal conocida como Nü Metal, género al que por cierto se convirtieron los demás cuando yo me salí del grupo, pero esa también es otra historia, la solución fue cambiar “Bikers” por “rappers”.

¿Recuerdan aquella anécdota de The doors cuando debían cambiar una frase de “Light my fire” para poder salir en televisión? Ok, estoy exagerando.

Esa noche, canté con la mayor cantidad de ganas que tenía, deteniéndome las mangas del suéter con una mano entre las piernas para que dejaran lo menos posible expuestos mis calzones ante el público, y esperando justo la llegada de nuestra frase cambiada para no regarla. Está de más decir que el encargado, del bar avisó a los demás y que todos estaban muy atentos a nosotros cuando tocamos esta canción, que por fortuna pudimos interpretar sin equivocarnos, y así salir victoriosos de la última tocada de “Migraña” como tal, antes de que de los integrantes restantes naciera “Mona” y terminara mi breve pero satisfactorio paso por el grunge, aunque no fue la última vez que estuve en un escenario por supuesto.

PD: La música del Toncho Pilatos me da mucha hueva.